Ironía: la devalaluación del liderazgo


Por Susana von der Heide Founder & Thinking Partner en VON DER HEIDE

Estuve cazando paradigmas en extinción para hablar sobre la nueva generación de líderes.

Decimos que valoramos la empatía, la autenticidad, la vulnerabilidad. Aplaudimos a quienes se muestran humanos, que escuchan con atención y no temen decir no sé.

Pero en la práctica, seguimos tolerando – y hasta celebrando – una forma de liderazgo obsoleta, aunque aún vigente: la ironía.

Ese recurso sutil, afilado, que disfraza el poder de ingenio y distancia. Una forma de liderazgo que se viste de humor, pero a veces, pega más fuerte que un grito.

¿Qué hay detrás de un líder irónico? Ironía no es lo mismo que sarcasmo. Ni es necesariamente crueldad. Pero es, muchas veces, una defensa del ego. Un modo sofisticado de marcar distancia. De esconder vulnerabilidad detrás de un juego de palabras. De ejercer poder sin parecer autoritario. Como en el rugby, es el tackle que deja al otro comiendo pasto… sin saber muy bien por qué.

Y la pregunta es: ¿Qué tipo de cultura construye un liderazgo así? La respuesta, desde mi experiencia, es clara: uno que ya no está en sintonía con este tiempo. Y en muchos casos, más que liderar la transformación, la retrasa.

Una decisión que incomoda, porque para empatizar hay que estar dispuesto a bajar la guardia. Mostrar fragilidad. No tener todas las respuestas. Y eso, en muchas culturas organizacionales, todavía parece un lujo.

Pero como dice Brené Brown, “la empatía es el catalizador de la conexión genuina.” Y conectar no es opinar sobre el otro. Es crear una geografía donde el otro pueda ser sin disfrazarse 

¿Y si la ironía está vencida?

No quisiera verla más en el mundo corporativo: la ironía como escudo ante la incertidumbre. La ironía como sustituto del cuidado.

Ironía como recurso de quienes alguna vez fueron reconocidos por su “agudeza”… y hoy no encuentran lugar en un mundo donde la inteligencia emocional vale más que la rapidez verbal.

Pero, como dice el World Economic Forum, el liderazgo del futuro necesita otras capacidades humanas:

  • Pensamiento adaptativo
  • Metacognición
  • Juicio moral
  • Conciencia sistémica
  • Propósito
  • Autenticidad

Y ninguna de esas se entrena con ironía. Todas se cultivan con humildad, presencia y EMPATÍA.

Y la empatía no ocurre sin vulnerabilidad. Y la vulnerabilidad no convive con la ironía. Un líder empático no necesita desactivar al otro con frases brillantes. No es un standupero buscando risas, ni un influencer buscando likes en TikTok a base de hot takes. Necesita generar un terreno fértil para que el otro pueda ser. Para que emerja el talento, la mejor versión de cada persona en el contexto adecuado. 

Tal vez no del todo. Pero necesitamos incomodarnos con la pregunta. Porque muchos líderes siguen refugiándose en la ironía para evitar lo que realmente les cuesta: mostrarse humanos, admitir que no saben, exponerse sin escudo.

Y eso, en un contexto donde el conocimiento técnico se volvió accesible, replicable y casi instantáneo gracias a la inteligencia artificial, empieza a ser una de las partes del todo – pero ya no la más relevante. Si lo único que te sostiene como líder es “saber más”, ese rol empieza a perder solidez. Lo que no se automatiza – ni se simula – es la capacidad de conectar, de generar confianza, de liderar con presencia genuina. Ahí es donde se define el nuevo diferencial humano.

Entonces, ¿isn’t it ironic?

Que mientras pedimos líderes auténticos, sigamos premiando la ironía como signo de inteligencia. 

Que mientras hablamos de vulnerabilidad, sigamos subiéndonos al pony del saber.

Que mientras repetimos que el talento es elección mutua, sigamos diseñando organizaciones que castigan a quien se muestra.

Dicen que la empatía es ese súper poder que la ironía aún no entiende. Porque, en un mundo donde el liderazgo se reinventa con la neuralgia de un data center,  tal vez el mayor acto de liderazgo no sea brillar, sino habilitar. Ceder el centro. Abrir espacio. 

Lo que transforma no es el ingenio filoso de una frase brillante, sino la capacidad de un líder para generar un terreno fértil donde otros puedan florecer. La ironía deja marca. Pero la empatía deja lugar. Y ese, hoy, es el liderazgo que necesitamos.

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